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miércoles, 16 de abril de 2014

Pyme

El hombre se levantó temprano tratando de recordar un sueño, que por una extraña razón, pensaba, le era imposible rearmar, reconstruir, como un juego de encastre onírico. 
Se despertó algo desesperanzado; los devenires diariamente repetidos, rutinarios; las órdenes; las caras de nada de todos los días; y su reflejo en el espejo lo veía más viejo. Así, luego de los pormenores matinales, se encamino con decisión pero profundamente obligado.
La fabrica era pequeña, una de esas pocas sobrevivientes de la ruina y el saqueo político, rebautizadas “pymes incipientes”, motor productivo de la Nación, que, paradójicamente, la había abandonado ya hace tiempo. Doce operarios, tres administrativos, el gerente, dueño o patrón, según quien se dirigiera a él, y el guardia, sereno, maestranza, bueno... un poco de todo, un tipo realmente voluntarioso y extremadamente necesario.

Nuestro hombre era uno de los tres administrativos, se encargaba de una parte contable, liquidaba sueldos y realizaba menesteres comerciales de la empresa, amen de algún encargo del gerente, dueño, o patrón, con una parsimonia que no era tranquilidad sino desdén y hastío. El sueldo era miserable, la relación con el gerente, dueño, o patrón era fría y distante; y sus otros compañeros de sellar, imprimir y calcular, se sentían quizás igual o peor que él.
Pero nuestro buen administrativo, estaba completamente seguro de no ser una persona común, se juzgaba alguien exclusivo mientras hacía el arqueo de caja, aunque la mecánica del trabajo “común” que realizaba le aclarase lo contrario. Inmediatamente intentó conformarse con la idea, de que al ser todos distintos, nadie en realidad podía ser del todo común, y contrapesó este razonamiento con la medianía, conjugada con esa inevitable automatización de los cálculos, y su ilusión de originalidad, quedo destruida como una mala impresión, se esfumaba otra vez una chance de salir del anonimato, de que sucediese algo inesperado, eso, inesperado-rumió-todo lo que viene últimamente no necesito ni esperarlo, se con certeza que se sucederá, negarlo sería estúpido, aceptarlo degradante, he aquí la encrucijada.

Y existía solo una solución, una vía única, el cambio. No estar cuando llegue, llegar tarde o no llegar, pero... el destino... el destino pensó, era tal vez otra excusa para no pelear, para no levantar los brazos, se recriminó mientras se dormitaba.

Llegó la hora de salida y saludó personalmente a todos los que pudo mientras lo miraban con extrañeza.

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